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El Mediodía en el Llano

Parece que para al mundo la palma sin un vaivén

Presenciamos el  emotivo abrazo proferido por Antonio y Aquiles Nazoa  bajo una gigantesca mata de mangos en Calabozo.  Antonio Estévez Aponte, el músico calaboceño, en su tierra, con sus afectos. Recordaba el Maestro en ese encuentro sus expediciones por los predios inundados de Camaguán. También  “Puntero en la soledad”,  buscaba grabar sonidos que lo ayudaran a retener sus ideas de lo que sería El mediodía en el Llano, célula madre de su gran obra: la Cantata Criolla. Otra de sus expediciones nos reveló al Indio Figueredo y con ello otra versión del Llano, no menos presente en la Cantata.  La poesía de Arvelo, totalmente  radicada en las metáforas vivas del paisaje, sellaría el relato. El Mediodía en el llano y la Cantata son eventos munidos de misterio. El trayecto de un solo cuerpo elevado al paisaje, su inevitable responsabilidad frente a las inferencias del propio espíritu dividido por la soledad  constituyeron  prácticamente un  leitmotiv en la profunda y feliz vida del Maestro. Desde las de Cristo hasta las de Claudio Naranjo, las experiencias  extáticas han causado grandes afirmaciones. El Mediodía y la Cantata están allí, en el elenco de expresiones  resultantes.  Aaron Copland,  después de escuchar el estreno de la Cantata,  interpretó además su significado como un compromiso con el pueblo, y así se lo hizo saber al Maestro Estévez  en un breve y casi hermético comentario.

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Hombre pleno, el Maestro. Había que agradecer también pertenecer al espectáculo cifrado en su piano parrandero. Inmediatamente rodeado por sus coralistas, Sevillano, Sánchez Risso, Zapata Luigi, Ponce Ducharne, por citar algunas de las voces oscuras, y por Yolanda Adames, Edilia Vásquez  e  Isbelia Inciarte, por recordar otras de las claras, Antonio exponía sus boleros con la misma gracia con que lo había hecho al tocar con Bola de Nieve en casa de la pianista Hilda Jiménez. Famosa y siempre recordada la picardía que  empleó para buscarle una salida octavada  a la cercanía persistente de Bola, sentado en el mismo banco.

Cantamos bajo su dirección, lo vimos citar a Vallejo, leer a Krishnamurti, mecionar sus anécdotas parlamentarias, y también recordar sus encuentros con Bernstein y el gran historiador de la música Émile Vuillermoz.

Además de músico antológico, fue un intelectual completísimo, políglota, e intérprete de su tiempo. No olvidaremos nunca haberlo visto relatar con voz adosada al llanto cómo la poesía de Arvelo lo había conducido hacia uno de los puntos climáticos de la Cantata, y decir, agradecido, con los brazos abiertos, “Parece que para al mundo la palma sin un vaivén”.

Autor: Jesús Enrique Sánchez García

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3 respuestas a «El Mediodía en el Llano»

Excelente relato Jesus, hace que el lector sienta haber estado presente en esos emotivos momentos vividos por el autor. Sólo me queda pedir, que siga soltando la pluma, siga trochando es senda y comparta sus vivencias. Es muy ameno leerte.

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